ELEONORA

Quisiera contarles, en diversos momentos, para no aburrir a nadie, mis experiencias en dominación femenina.
Esta vez quisiera recordar el caso de Eleonora (el nombre es ficticio), una amiga montevideana con quien solíamos encontrarnos después de habernos reconciliado, tras una frustada experiencia de cohabitación, que duró una semana.
En nuestra segunda fase, ya como amigos, yo pude expresarle con tranquilidad mis fantasías de ser atado y castigado por una mujer que en el ejercicio de su rol dominante sería a la vez dulce y cruel, acariciante y torturante.
Al principio, se negaba a entrar en mi juego, pero en nuestros encuentros en la confitería dedicábamos cada vez más tiempo a conversar sobre mis experiencias como "esclavo".
Una noche fuimos a un hotel y allí ella accedió a una primera, tímida experiencia. Se trata de hacerme arrodillar en la cama, sujeto por las muñecas a los barrotes de la cama, los tobillos también atados y darme algunos azotes. Aunque fueron pocos y la experiencia no siguió, me di cuenta de que había habido un "click" en ella, una nueva visión, producto de la experiencia excitante de ejercer, realmente, el rol de ama, una excitación que pasa por la sensación de poder ante un cuerpo indefenso, ofrecido a su placer, el cuerpo -además- de la figura que normalmente ejerce el poder, el hombre. Sentimo ambos que la experiencia había quedado trunca, que los azotes debían ser, pausados, como si todo el tiempo del mundo estuviera en el ama y todo la obligación de espera en su prisionero, y que debían ser muchos: la sensación de una continuidad, de una larga sesión que no tendría un fin próximo aparente.
Para ese segundo encuentro, ambos íbamos preparados y se incorporaron otras técnicas que uso normalmente: alfileres que el ama me deja puestos, uno a uno en el abdomen, pinzas o broches, en los pezones (un par de apreta-papeles o palillos de ropa), mordaza, más y más variadas ataduras (cadenas que se ajustaban con un candado, cuerdas, correas de cuero, esposas), velas.
El escenario del segundo encuentro ya no era la rutinaria habitación de hotel sino una verdadera mazmorra medioeval. Los instrumentos de tortura ocupaban todo el espacio y el comienzo fue una simple atadura en la cama y una sesión de excitación. Yo le preguntaba que iba a hacerme, en parte para crear el clima de indefensión del "esclavo", pero en parte, yo mismo me lo preguntaba.
Luego llegó la sesión de látigo. Nuestro acuerdo era llegar a los 100 azotes, pausados y fuertes, pero ordenados, dejando un tiempo para retorcerme, absorviendo el dolor. Mientras ella fumaba y sonreía con placer (sobre todo cuando lograba sacarme algunos gemidos).
Recuerdo haber sentido el placer de la dominación, cuando al llegar a cien, no se detuvo y siguió por otros cien.
De aquella sesión recuerdo también que ella se acostó delante de la posición en la que estaba arrodillado y atado y me hacía cosquillas; de pronto, se interrumpió, extrajo las alfileres y comenzó a clavármelas por segunda vez. Al verme gemir, me dijo con aire travieso, que lo hacía porque "necesitaba sentirte" (es decirme sentir que podía hacerme gemir) y se rió, ante la sensual crueldad que había comenzado a experimentar.
Esta misma experiencia nos permitió vivir también otras cosas, pero las dejo para la próxima.
andrewsachs@hotmail.com

Andres