|
Una de la mañana.
Atizo
el fuego de la chimenea mientras tú descansas, comienzo a
acariciar tu espalda, tus caderas, tus piernas, me miras, diciéndome
todo con tus hermosos ojos. Te volteas hacia mí, sin decirme nada
acaricias todo mi cuerpo, introduzco mis dedos en tu vagina, te beso los
senos, me monto sobre ti, sentado, comienzo a acariciar mi pene con
movimientos suaves y cada vez esta más erecto, como si por allí
quisiera salir toda la pasión que hay en mi cuerpo.
Me miras con deseo y tú te acaricias también, tus dedos dulcemente con
tus partes íntimas y eso me excita aun más, deslizas tu lengua por tus
labios, te muerdes el labio inferior, me dices que me deseas, que
quieres que se repita esa danza mágica, que me quieres de nuevo dentro
de ti. Te penetro, vuelvo a sacarlo, como haciéndome del rogar y sigo
acariciando mi pene frente a ti.
Te abalanzas sobre mi, te sientas sobre mi pene, lo sientes rozar las
paredes de tu vagina húmeda, tus piernas abrazan mi cuerpo, tus dedos
entran en mi boca, con mi saliva en ellos rozas tus pezones, con
movimientos sutiles acercas tus pechos a mi boca, mientras cabalgas
sobre mi miembro erecto, estamos más excitados que la primera vez,
nuestros cuerpos se deslizan entre si, nuestras piernas se entrelazan,
tus caderas se mueven de un lado a otro, nuestras bocas no paran de
besarse, hasta hacerte rendirte en un orgasmo múltiple de inimaginables
dimensiones al grado que tu cuerpo se acalambra todo y no puedes
contener gemidos de gran placer.
Es tanta la pasión, que aunque ya eyaculé sigo dentro de ti erecto,
acaricio tu cuerpo de arriba abajo, lleno de saliva mis dedos y
mis manos pasan por detrás de ti acariciando tu virginal ano e
introduciendo poco a poco uno de mis dedos, moviéndote hacia delante y
hacia atrás, gimes de placer y te digo que no puedo detenerme, nos
movemos armónicamente como si nuestros cuerpos hubieran nacido para
estar juntos. Empapados en sudores entremezclados emitimos gemidos
desbordantes hasta que ya no podemos más, nuestras fuerzas se agotan en
un último y prolongado éxtasis, en un orgasmo al unísono como si ya
no perteneciéramos a este mundo, es tanta la tensión que sentimos en
nuestros cuerpos que nos sentimos volando en la atmósfera.
Cansados subimos a la habitación, te acuestas en la cama, recorro por
ultima vez tu cuerpo con mis labios, como dándote las gracias por
existir, por estar ahí para mí, cubres la parte inferior de tu cuerpo
con una sabana de seda blanca y caes rendida en un sueño profundo,
mientras yo me quedo en la ventana, recibiendo el fresco aire nocturno
que por ella entra y admirando tu hermosa figura, cuidando tu sueño,
cuidando a mi amada Silvia, son las dos y media de la mañana.
|