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Calurosa
noche de verano fue aquella en la que me tocó quedarme a cuidar a mi
abuela en el hospital, durante una recaída. Durmió casi toda la noche
producto de los calmantes y sólo un par de veces me llamó para que le
diera agua. Silencio total en el nosocomio, mi único entretenimiento
era ir hasta la cocina, ubicada en la misma área de adultos, a
prepararme un té, o salir a fumar un cigarrillo a la azotea.
Leía con escaso interés una revista vieja cuando llegó Azucena.
En primer momento no le presté mucha atención, sólo me limité a
saludarla y a observar cómo le cambiaba el suero a mi abuela, pero fue
cuando se inclinó sobre ella para tomarle el pulso o qué sé yo cuando
realmente la observé.
Lo primero que me llamó la atención fueron sus tremendas tetas,
enormes, redondas, rosadas, mostrándose generosamente gracias a su
inclinación. Tuve mis dudas, pero creí que no llevaba corpiño, lo que
comprobaría más tarde. Mientras mis ojos estaban perdidos en esas magníficas
montañas, con una cara llena de picardía me miró, haciéndome
ruborizar y fue cuando salí al pasillo.
- Esta todo controlado y perfecto, bebé -me dijo al salir-, duerme como
un angelito y el suero está muy bien dosificado. Cualquier cosita me
avisás, estoy en la guardia.
Y se alejó, bamboleando un enorme trasero que marcaba el corto delantal
blanco, entrando unos metros más adelantes por la galería, en la
guardia.
Tendría unos 50 y pico de años, de 1,60 m de estatura, bastante
gordita pero con una cintura muy bien formada, piernas muy bonitas,
amplias caderas, una pechuga impresionante y una cara de pícara que me
volvió loco, y además un ensortijado cabello rubio muy bien cuidado;
así era Azucena.
Qué fantasías me nacieron con esa mujer, si tuve una terrible erección
y hasta pensé en encerrarme en el baño para hacerme una soberana paja,
cosa que no hice y opté por salir a fumar un cigarrillo a la azotea.
Al regresar entré en la habitación y todo seguía normal. Luego miré
hacia la guardia y allí estaba Azucena, escribiendo algo en unas
planillas. Decidí tentar mi suerte y me dirigí hacia la cocina, que
estaba metros más adelante de donde ella se encontraba.
- Me voy a preparar un té, ¿quiere que le haga uno? -pregunté al
pasar junto a ella.
- ¡Ay, dulce! No sabés cuánto te lo agradecería -respondió, excitándome
aún más con el tono meloso conque me habló.
En la pequeña cocinita preparé dos tazas y pensé en mi próxima
movida, fantaseando a mil y al mismo tiempo apareciéndose posibilidades
pesimistas de que algo sucediera.
Regresé donde ella y le di su té, que me agradeció con una hermosa y
amplia sonrisa. Coloqué mi taza sobre el mostrador e inicié la
conversación.
- Qué calor que hace, ¿verdad? -comenté, haciendo gala de mi
originalidad.
- ¡Ay, sí, está terrible! Te ha tocado cuidar a la nona, ¿eh?
- Sí, mis viejos trabajan temprano y me ofrecí, pero me tendría que
haber traído algunas revistas, realmente es aburridísimo quedarse
solo.
- La verdad que sí. Siempre tengo trabajo, pero de todos modos me
aburro mucho. ¿Y tu novia no te vino a acompañar?
- No tengo -mentí-, cortamos hace un mes y bueno, ahí estamos.
- No te preocupés, por ahí se arreglan o te conseguís otra, sos un
pichón recién... ¿qué edad tenés?
- Tengo 23.
- ¡Puff! Recién estás aprendiendo a volar, tenés tiempo de sobra.
- Sí, pero como usted dijo, sería bueno estar acompañado en un
momento como este.
- Bueno, bebé, pero ahora estás conversando conmigo, ¿no?
- Claro, pero tampoco la quiero interrumpir.
- Nada que ver, si relleno formularios para no dormirme. Yo me llamo
Azucena, ¿y vos?
- Soy Augusto -respondí susurrando... hablábamos susurrando, después
de todo se trataba de un hospital.
Charlamos de banalidades unos minutos, mientras yo la miraba
disimuladamente, imaginándola desnuda. Su boca de gruesos labios me
despertaba un intenso deseo de besarla, y aquellos ojos negros de mirar
profundo me llenaban de lujuria.
La situación me había excitado tanto que me afanaba en ocultar la
erección que tenía bajo mis bermudas. No sé si lo notó, pero en un
momento dado la conversación giró sobre mi noviazgo supuestamente
frustrado.
- Y sí, la verdad que la extraño mucho... aunque no sé si a ella
precisamente, me refiero a que para esta época es mejor no estar solo.
Ya me pasé un mes de primavera sin... sin novia.
- Mmmm, pícaro... a tu edad y sin novia debés estar que volás.
Me sonrojó más su mirar lascivo que el comentario, pero entendí que
me estaba dando pie.
- Pues la verdad que sí, usted sabe cómo son estas cosas.
- Pero no debe costarte trabajo conseguir una chica, sos un bebé muy
lindo. ¡Decí que tengo 55 años, que sino me tiraba un lance!
- En algunas cosas la edad no tiene nada que ver.
- No te creas, una vieja como yo tiene que andar con viejos.
- ¿Por qué? ¿Por "el que dirán"?
- ¡No, mi amor! "El que dirán" no me importa nada, me
refiero a que la gente siempre busca a personas de su edad, qué
muchacho como vos se va a interesar en una vieja como yo.
- Oiga, Azucena, que usted es una mujer muy atractiva.
- ¡Ah! Lo decís de piropeador que sos, nomás.
- Lo digo sinceramente... tiene una cara muy bonita y su... figura es
muy sensual.
- ¿Te parece?
- Prefiero no decir nada a mentir, así que es verdad.
- ¿Sensual dijiste? -preguntó interesada en su ego.
- Eso dije, es llamativa, agradable y muy sensual.
Entonces fue cuando sí se dio cuenta de mi excitación, ya que dejé de
ocultar mi erección y quizá mi modo de hablar también era obvio.
- Parece que me miraste demasiado, ¿eh? -murmuró coqueta.
- Cómo no mirarla, debería ser ciego.
- ¿Y viste algo que te gustó? -agregó, inclinándose nuevamente para
mostrarme el canal de sus tetas.
- Bastante, aunque me dan ganas de mirar más.
- ¿Y ganas de qué otra cosa te dan? -continuó, entornando los ojos y
acercándose.
- Ganas de tener algo con usted -contesté, animándome a posar una mano
sobre sus senos, mientras sentía que su diestra me tomaba del bulto
suavemente.
- ¡Uy, bebito... estás que ardés! -dijo mientras me sobaba.
Yo comencé a magrearle más los pechos e intenté besarla, pero me
detuvo.
- No, aquí no, vení por acá -y me condujo a por la oscura galería
hasta una habitación cuya puerta cerró con llave apenas pasamos. En la
oscuridad la abracé y mi boca buscó la suya, encontrándola abierta,
con una lengua intensa que se entrelazó a la mía. Su mano se apoyó
nuevamente mi bulto y comenzó a manosearme con mayor violencia,
mientras las mías se metieron bajo su delantal y apoderándose de sus
nalgas comenzaron a brindarle un masaje lleno de lascivia.
Mmmmm... qué calentura que tenía... me daba miedo de acabar vestido y
mancharme todo, pero mi temor era de llegar al orgasmo sin haberla
cogido.
Me llevó hasta una ventana para que la claridad exterior nos iluminara
un poco, y arrodillándose sobre una bolsa o algo, me bajó las bermudas
con slip y todo, de un tirón, y atrapó con una mano mi pija, que saltó
como un resorte al verse liberada. Claro que mi miembro no estaría
suelto mucho tiempo, aunque su nueva cárcel era deliciosa: la boca de
Azucena.
Virtualmente se la tragó, y comenzó a chuparme con tales bríos que me
sentí vibrar, y me esforcé en demorar la leche para disfrutar cuanto
pudiera de aquella soberana mamada. La miré y me volvió loco ver cómo
mi verga entraba y salía de esa magnífica boquita... pero también la
visión de aquellos lujuriosos ojos fijos en los míos, mientras
ronroneaba.
La enfermera chupaba al tiempo que con una mano se apretaba los pezones
y con la otra se masturbaba. Era algo maravilloso, realmente
maravilloso, tanto que hasta casi lamenté sentir que me venía, pues
era el anuncio de que parte de la fiesta se terminaba. Pensé que se la
sacaría de la boca, pero al darse cuenta que estaba por acabar apuró
la chupada, más y más fuerte, gimiendo de placer... a esa altura mis
manos habían tomado su cara y bombeaba... estaba cogiéndole la boca, y
me sorprendió todo lo que se la tragó cuando mi glande comenzó a
latir, escupiendo gruesos chorros de esperma que la veterana bebió
fascinada, suspirando con cada trago y chupando más y más.
Me aferré a la pared para no perder el equilibrio ante semejante
gozada, y cuando el clímax había pasado abrí los ojos, mirando a mi
amante aún enceguecida, masturbándose, manoseándose las tetas y chupándome
los huevos.
Era su turno de acabar, me dije, y arrodillándome la empujé
suavemente, haciéndola tender sobre el suelo. Se dio cuenta de mis
intenciones y me ayudó a quitarle la bombacha. La prenda estaba húmeda,
y la guardé en el bolsillo lateral de mis bermudas, me propuse llevarla
como souvenir.
Su concha estaba mojada y caliente, y tenía ese delicioso perfume de
hembra en celo. Besé sus muslos y avancé hasta encontrarme con la
delicada piel de su entrepierna. Me di cuenta de que se moría por
gritar, pero se mordía los labios para guardar silencio. Sus manos me
tomaron del cabello y empujó mi cabeza hasta aplastarme la cara en su
regazo; entonces comencé a chupar la empapada zorra y me encantó el
sabor de sus flujos. Mi lengua la cogía arrancándole gemidos de gusto,
y más aún cuando mis labios apretaron su clítoris y lo comencé a
succionar.
Fueron varios los orgasmos que le hice tener así, masturbándola con mi
boca, sin dejarla descansar lo más mínimo. Estaba tan sediento de sus
jugos que me baboseaba todo con esa zorra riquísima, a la que sí le
daba respiro cuando llevaba mi lengua hasta su ano, el cual también
mojaba y lograba meter la punta.
A todo esto mi pija estaba más que recuperada y lista para dar gustito
a la vieja enfermera, por lo que dejando de chuparla me incorporé y me
eché arriba suyo, siendo recibido con un abrazo casi furioso y un beso
de lengua que me puso más al tope aún.
Ella agarró mi pija y la condujo hasta su cueva... entonces empujé
suavemente, metiéndole apenas el glande, y jugué unos segundos allí
para sacársela. Ella protestó, pero poco tiempo ya que de nuevo le metí
la punta, jugué unos segundos y otra vez se la saqué. Repetí ese
truco varias veces, hasta que la enfermera estaba convertida en una
yegua alzada. Fue cuando, teniendo el glande en su mojadísima cavidad,
se la clavé hasta los testículos, tapándole la boca con la mía para
ahogarle un grito.
Así, abotonados, comencé a bombear enceguecido, mientras sus manos se
clavaban en mis nalgas, haciendo mis movimientos más furiosos.
- ¡Ay... pendejo rico... qué gustito le estás dando a la viejita
chota...! -jadeaba la muy calentona.
- Azu... Azu... estás más rica que cualquier pendeja de mi edad -le
respondí, mientras bombeaba y chupaba sus gordos y sabrosos pezones.
Mis palabras la pusieron a full... creo que saberse más excitante que
chicas jóvenes era un afrodisíaco potentísimo para su ego. Creo eso
pues me rogó que se lo repitiera varias veces, y como me encantaba
verla tan caliente así lo hice.
Cogiéndola llegó a otro orgasmo, que por suerte no compartí pues tras
el primero logré controlar la situación. Sacándosela cuando noté que
se sació momentáneamente, me acomodé en la pose de cucharita y se dio
cuenta de qué buscaba algo más.
- ¿Qué querés hacerme, bebé?
- Quiero culearte, mami...
- No, amor... la cola no...
- Sí, sí, no seas mala, mami... dame ese agujerito que me muero -le
rogué, mientras mi guasca, empapada con mi leche y su flujo, se apoyaba
en la estrecha cuevita, frotándose y mojándolo.
Seguía negándose, pero era casi nula la resistencia que ponía, así
logré empujar lo suficiente como para meterle la punta de la pija.
- Relajate, Azu... así... así... no hagás fuerza así dejás que
entre... mmmmmm...,,,,,
Dicho y echo, mi verga empezó a meterse entre esas enormes nalgas
rosadas, siendo recibidas por un calor delicioso y acompañado por un
gemido profundo y ahogado, hasta que mis testículos chocaron contra sus
glúteos y ya no podía meterme más.
Sin moverme aún busqué con mi diestra su concha y comencé a frotarla
mientras le metía algunos dedos, en tanto con la izquierda, pasando
bajo su humanidad, le atrapé una de sus gloriosas tetas, que empecé a
apretar, al tiempo que mi boca chupaba su derecha, que sabía exquisita.
Entonces sí inicié el bombeo... bombee y bombee como un poseso,
mientras la veterana reprimía sus jadeos y acompañaba el movimiento.
Tuve que concentrarme mucho para no acabarle, pero cuando noté que ella
iba a hacerlo, me apuré y así llegamos juntos. Ella vibró con un
intenso orgasmo, mientras mi guasca escupía una descarga impresionante
de semen en su magnífico ano.
Nos quedamos así, abotonados y abrazados, largos minutos, hasta que
temimos quedarnos dormidos y nos desenganchamos, poniéndonos de pie.
- Me mataste, bebito -me dijo, dándome un beso lleno de dulzura,
acariciándome el cabello.
- Sos fabulosa, Azu, de verdad que mejor que cualquier chica de mi edad.
- ¡Me voy a enamorar de vos, guachito! ¿Mi bombacha?
- Dejámela como recuerdo, por favor -le pedí, dándole un pañuelo
para que se limpiara.
Salió ella primero, siguiéndola cuando me avisó que no había nadie.
De inmediato fue al baño de la guardia mientras hice lo propio en la
habitación de la abuela. Después, relajado, me recosté en la cama de
al lado y dormité un rato, hasta las cuatro de la mañana. Azucena vino
acompañada de una médica, que con cara de sueño auscultó brevemente
a mi abuela, dedicándose después a leer su historia clínica. Mi
enfermera, acercándose, me acarició disimuladamente las rodillas,
mientras mis manos palparon su tremenda cola.
Al irse ambas, Azucena me miró y pasó la lengua por sus labios. Diez
minutos después, cuando la doctora terminó la ronda, fui a la guardia.
- Azu, ¿vamos otro ratito? -le susurré, metiendo la mano bajo su
delantal y acariciándole su entrepierna desnuda.
Se hizo la cansada, pero como un juego para excitarme, cosa que no era
necesaria. De todos modos vencí esa falsa resistencia y cinco minutos más
tarde estábamos acoplados nuevamente en el cuarto oscuro, cogiendo con
más tranquilidad y dedicándonos más mimos.
Mi abuela se recuperó y tras serle dada el alta, volví muchas veces al
hospital durante la guardia de Azucena, encerrándonos en el cuarto de
servicio a coger divinamente.
Ella estaba en pareja con un taxista, un tipo de lo más langa que, según
me enteré con el tiempo, tenía de amante a una mina más joven. Obvio
que jamás le fui con el chisme a Azucena, pero confío en que ella sabía
de tal infidelidad. Lo cierto es que también muchas veces la visité en
su casa, acostándonos en un cuarto de huéspedes, donde miles de
orgasmos nos dieron placer. Lamentablemente todo termina, y los
encuentros se fueron haciendo más esporádicos, hasta que los planes de
cada uno terminaron por interrumpirla continuidad. Sin embargo hoy, a
diez años de aquella maravillosa aventura, ella con 66 y yo con 33,
cada tanto nos ponemos de acuerdo y fijamos una cita. Ocurre pocas veces
por año, pero realmente debo confesar que cogemos como si fuera la última
vez que lo haremos en nuestras vidas.
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