|
Mi vacino Dario |
|
Cuando
apenas tenía yo 19 años, vivía en casa de mi abuela, una respetable
viuda que alquilaba habitaciones para caballeros solos, en la vieja
casona que heredó de su extinto marido.Uno de los huéspedes era
Darío, quien ocupaba la habitación que daba al jardín interior, muy
cerca de la mía. El regentaba un negocio nocturno y solía regresar muy
tarde en la madrugada. Era un hombre como de 59 años, de piel morena,
cabello rizado , un poco gordo y de estatura alta. Su carácter era
amable y de modales refinados. Una noche lo sentí llegar acompañado de
una mujer. A los pocos minutos sentí el ajetreo de una batalla sexual.
La mujer emitía placenteros gemidos, mientras la cama reventaba de
chirridos y bruscos estremecimientos. Aquella mujer parecía gozar de
consecutivos orgamos, mientras Darío la poseía en forma
ininterrumpida, y de su boca comensaban a fluir silvidos mezclados con
manifestaciones de infinito goce y señales de estar asumiendo un
absoluto control sobre aquella mujer anónima que ya estaba como
desfallecida. Pasaron minutos y horas y aquel hombre parecía incansable
en su implacable papel de macho dominante. Un débil gemido volvía a
renacer de la garganta de aquella señora desconocida. Mi atormentado
cerebro se imaginaba aquella escena digna de una censurable película.
No resisití las ganas de verlos y busqué algún resquicio para
intentar observarlos. Vano intento porque aunque en la pared pudiera
haber algún hueco, aquella oscuridad impedía cualquier visibilidad.
Así que me quedé en mi cama conteniendo la respiración, con una
calantera que nunca antes había sentido. Comencé a frotarme mis partes
íntimas, mientras me hacía la ilusión que era yo la que estaba
recibiendo aquella divina cojida. En eso escuché el estertor final del
orgasmo de aquel hombre y no pude contener una marejada de placer y el
orgasmo más intenso que jamás sentí.Allí quedé ,dormida como un
angelito. Al otro día salí temprano a pasear por el jardin, con la
esperanza de ver el rostro de Darío, a quien imaginariamente estaba
agradecida de una posesión que solo ocurrió virtualmente. Una semana
después volví a escuchar la risa de aquella mujer que entraba con
Darío en la vecina habitación. Esta vez decidí salir de mi cuarto y
espiarlos por la ventana. Todavía no habían apagado la luz y pude
verlos en el calentamiento inicial. Aquella mujer era mi honorable tía
que ya se disponía a mamarle a Darío su descomunal pija, hermosa y
erecta. Unos meses más tarde, después de interminables coqueteos
también yo disfruté de aquel macho que se convirtió el padre de mis
dos hijos. |