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Era
un sábado a la noche, me dispuse a ir a visitar a una familia amiga, en
un barrio alejado de mi casa. Esperaba encontrarlos a todos allí, pues
suelen quedarse a ver TV y a cenar. Al golpear la puerta me atendió
Sandra, una amiga de la familia, quien me invitó a ingresar, mientras
me contaba que todos estaban de viaje y que ella estaba cuidando la
casa. Sandra es una mujer de 22 años, con un cuerpo más bien delgado,
pero con unos pechos impresionantemente grandes, del 115 aprox., que
hacen que se vean bastante desproporcionados en ella.
Nos sentamos en la mesa de la cocina y tomamos una cerveza. Como en la
televisión no había nada para ver, comenzó a cambiar de canales, para
buscar algo mejor. Se detuvo en una película media porno donde un
hombre tocaba los pezones de una bella mujer. Yo exclamé:
"Espectacular". Y ella me dijo que a ella nunca la había
acariciado en las tetas porque tenía vergüenza de mostrarlas, pues las
tenía muy grandes.
Yo inmediatamente le dije que no se pusiera así, que cada uno debe
aprender a disfrutar de su propio cuerpo, y que con un gran par de
pechos como los suyos se podían experimentar muchísimas cosas. Me
agradeció y se acercó a mí, se sentó en mis rodillas y me dio un
abrazo y un beso en la mejilla. Le dije si me dejaba enseñarle a
disfrutar de sus pechos y con ganas y fuerza me dijo que sí. Ella cerró
la puerta con traba por dentro, a pesar que recien volverían al otro día
los dueños de la casa.
Yo conseguí un pañuelo con el cual le vendé los ojos. Luego, allí de
pie, le quité la camisa y quedó a la vista un sujetador color azul con
su impresionante par de pechos que buscaban salirse. Le dije que le
quitaría su short para que estuviera más cómoda. No respondió nada y
se los dejo quitar, dejando ver su bombachita color blanca, de algodón,
que transparentada su monte de venus negro y tupido. Posteriormente la
recosté boca arriba en la mesa de la cocina, coloqué una pequeña
almohada en su cabeza y apagué la luz, dejando sólo encendido el
televisor en un canal con música. Sandra comenzó a respirar más
agitadamente, probablemente por la carga de erotismo que traía la
situación.
Le desprendí y quité el sujetador y sus tetas se desparramaron hacia
ambos costados de aquel delgado cuerpo. Tenía dos pezones redondos,
grandes y rozados.
Saqué del freezer de la heladera dos o tres cubitos de hielo y los
coloqué en un pequeño platito. Acerqué mi boca a sus pechos y comencé
a soplar suavemente por todos sus rincones. Me llamá la atención que aún
sus pezones no se hubiesen puesto duros. Tomé entre mis dedos uno de
los cubitos de hielo y muy suavemente hice que tocara su pezón derecho.
Al instante el estremecimiento de su cuerpo que intentó retorcerse,
acompañado de un pequeño gemido, hizo que ambos pezones se dispararan
hacia el techo. Trabajé con el hielo por toda la superficie de sus
pechos, incluyendo areolas y pezones, durante varios minutos. Ella
comenzó a excitarse cada vez más, llegando a dar pequeños grititos y
respirando muy velozmente.
Miré sus bragas y estaban bastante humedecidas a la altura de su
rajita. Fuí hasta el baño a buscar una toalla para secarme las manos y
aproveché para ver dentro del botiquín si tenían algún aceite para
masajes. Encontré uno para bebés que me vino justo. Volví a la
cocina. Sandra aún se estremecía en la mesa. Me coloqué del lado de
su cabeza y derramé el aceite en sus pechos. Comencé a darle un
masaje, amasando aquellos inmensos montes de carne, que tomaban las
formas más insólitas de acuerdo a como los apretara. Tomé sus pezones
con mis dedos y los pellizqué fuerte. Sandra gimió ya casi a los
gritos. La excitación de recibir algo que nunca había recibido la
estaba llevando al orgasmo. Besé con mis labios todos sus pechos y con
mi lengua le trabajé los pezones, mordisqueándolos.
Luego con mi mano izquierda le coloqué mi dedo anular en su boca, a lo
que comenzó a chuparles con fuerza e intensidad. Con mi mano derecha
comencé a acariciar su conchita por encima de las bragas que a esa
altura ya eran pura humedad. Mientras apartaba su bombachita hacia un
lado y le acariciaba el clítoris con mis dedos, aparté mi otra mano de
su boca y me desprendí el pantalón, dejando salir mi mástil
totalmente duro. Lo acerqué cuidadosamente a su boca y lo comenzo a
chupar con cariño y amor. Jugaba con su lengua desde la base hasta el
glande, apoyando sus labios en la cabeza. Luego bajaba hasta mis huevos
y se los metía ambos en la boca, chupando y succionando como una
desesperada.
Me quité de ese lugar y fui bajando hasta sus braguitas. Las quité
suavemente, separé sus piernas y comencé a lamer aquella rajita llena
de líquidos. Sus jugos salían cada vez más cuando con mi lengua
chupaba el clítoris y le introducía mi dedo anular en su dulce
agujero. Me puse de pie y apoye mi polla en los labios de aquella vagina
preciosa. Apenas empujar y mi palo se resbaló hacia adentro sin ningún
tipo de complicaciones. Tenía una conchita mojada y muy caliente, lo
que me dejaba claro que hacía muchísimo que no tenía relaciones,
aunque no era virgen. Bombeé unos minutos y cuando ya no pudo más de
retorcerse, se vino con gritos desesperados de placer. La repiración
agitada hacía que sus inmensas tetas se movieran como una gelatina
brillante por el aceite.
Yo estaba a punto de correrme, entonces saqué mi polla de su concha,
levanté un poco más sus piernas, y untándome de aceite el dudo índice,
comencé a introducirlo lentamente en su ano, pequeñísimo y rosado.
Ella se sorprendió un poco pero no se negó. Al instante mi dedo
entraba y salía de ese culito prieto y caliente, como queriendo un diámetro
mayor. Apoyé mi miembro en ese agujerito y empujé lenta pero
firmemente. Primero costo vencer aquella resistencia, pero luego mi
picha se hundió hasta los huevos, comenzando un mete y saca que me
estaba llevando al extasis a mi y a mi amiga, que gritaba "¡Rómpeme
el culo!".
Cuando sentí que me venía, quité mi picha de aquel lugar estrecho, me
subí a la mesa y puse mi miembro en el canal que se forma entre sus
tetas. Coloqué más aceite entre sus pechos para que mi aparato
resbalara mejor, y comencé el movimiento. Cada vez que mi mastil
llegaba cerca de su boca, ella le tiraba lenguatezos. Al cabo de unos
segundos de aquel frenético movimiento comencé a acabar en su boca y
sus pechos, por donde ríos de leche le corrían.
Despues de un par de minutos, ella se levantó, se dio una ducha, luego
yo hice lo mismo, y nos volvimos a sentar en la mesa de la cocina. Me
dijo que nunca pensó que sobarse las tetas fuera tan mágico, y de
inmediato estampó en mi boca un beso de aquellos.
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